Ecuador: la revolución educativa de Correa

Al presidente ecuatoriano Rafael Correa le encanta la palabra "revolución", como referencia de un imaginario político que también comprende, por ejemplo, al "antiimperialismo". Comparte esa visión con las cúpulas gobernantes de Venezuela, Bolivia y, en menor medida, de Argentina. Es un momento en que en América Latina la ola fluye en esa dirección discursiva, aunque en los últimos años tal vez esté perdiendo fuerza. Hoy es políticamente correcto sugerir que se marcha en ese rumbo, como hace dos décadas lo era el montarse sobre la "ola neoliberal".

Pero Correa, en verdad, está haciendo una revolución en un aspecto: el educativo. Y a pesar de sus ataques a la prensa y su propuesta de reelección indefinida para los cargos públicos, su impulso educacional es altamente prometedor para todos los ecuatorianos.

Sobre una idea política muy sencilla y profunda ("seamos globalizados para compararnos a los mejores") Correa ha tomado en los últimos años determinaciones educativas que merecen una enumeración.

En primer lugar, cada ecuatoriano que consiga una beca en universidades del exterior — de cualquier carrera y en cualquier país— es becado en su totalidad por el Estado.

En segundo, dentro de la educación interna, la gran apuesta es a "formar formadores". Por eso creó la Universidad Nacional de la Educación (UNAE), cuyo cuerpo docente está abierto a profesionales de todo el mundo. Ahí Correa no profesa el nacionalismo barato sino que busca lo mejor, y por eso firmó convenios con la Universidad Católica de Lovaina y la Asociación Flamenca de Cooperación al Desarrollo y Asistencia Técnica. En consonancia con lo anterior, creó el Proyecto Prometeo, que tampoco se anda con vueltas localistas: ofrece manutención, pasajes aéreos y vivienda a docentes e investigadores con diversas especializaciones para que se radiquen en Ecuador.

Una clave de las reformas es la necesidad de evaluarse permanentemente, tanto para alumnos como para docentes. Para alumnos en edad escolar se implementaron unas pruebas llamadas SER, y desde 2011 se incorporó el examen de ingreso a la universidad pública. En las evaluaciones también hay una diferenciación importante: si se desea ser docente hay que conseguir puntajes más altos que para otras carreras. Eso está tomado del modelo de Finlandia (ejemplo mundial y sistema que Correa y su ministro estudiaron concienzudamente), en donde ser docente otorga un status social superior al de otras profesiones.

Correa también evaluó las instituciones educativas y uno de los primeros resultados fue que cerró 14 universidades por falta de nivel. Y, con una notable y arriesgada voluntad de cambio, la Constitución de 2008 prohibió las huelgas en el sistema educativo, por considerarlo un servicio público. Además, todos los cargos docentes se concursan y la retribución deja de estar vinculada con la antigüedad, ya que ahora se privilegia la formación.

La asombrosa transformación ecuatoriana puede resumirse en dos conceptos de Rafael Correa. Uno es que "lo más fácil sería decir: todos los maestros con contratos inmediatamente adquieren el nombramiento, pero sería destrozar nuestros principios, el principio de una estricta meritocracia". El otro es un disparo al corazón del discurso progresista estéril, con una crítica a "los partidos de extrema izquierda, que arrasaron con la educación de este país, que no alcanzaban a lanzar ideas sino tan sólo a lanzar piedras, y destrozaron la calidad académica".

Lo que está sucediendo en la educación del Ecuador de Rafael Correa es realmente para entusiasmarse.

Mauricio Llaver es director de la revista Punto a Punto en Mendoza, Argentina.

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