El mejor regalo:  Estar libre y en familia

Para el argentino Claudio Rojas, el mejor regalo este Día del Padre sería saber que podrá ver a su hijo mayor, Emiliano, ir a la universidad y hacer su carrera en Estados Unidos. O quizás saber que estará presente para la graduación de escuela secundaria de su hijo menor, David.

Pero el hispano de 48 años tiene hasta el próximo agosto antes de ser deportado del país, donde ha vivido por más de una década.

Y sus hijos Emiliano, de 24, y David, de 16, dicen que no será fácil disfrutar del día festivo sabiendo que su papá está a pocos meses de ser expulsado del país.

"Yo lo que quiero es que termine este limbo", dijo Emiliano. "Si vos querés disfrutar un día como ese, no podés hacerlo al máximo con esa preocupación en la cabeza. ¿Cómo puede disfrutarse un Día de los Padres sin saber qué va a pasar?".

Ha transcurrido casi un año desde que Rojas, un inmigrante indocumentado sin récord criminal, saliera de un centro de detención en Deerfield Beach, luego de que su esposa e hijos lideraran una campaña a favor de su libertad.

La campaña fue un éxito, después de que un grupo de jóvenes indocumentados, inspirados por su historia, se infiltraran en la prisión y ocuparan la oficina del senador demócrata Bill Nelson, quien decidió finalmente enviar una carta a la Secretaría de Seguridad Nacional, en agosto, pidiendo que reconsiderara la deportación de Rojas.

El inmigrante celebró su liberación en agosto de 2012 —poco después de recibir el apoyo de Nelson y tras seis meses encerrado en el Broward Transitional Center— pero su caso no fue reconsiderado, sino demorado por un año a través de una extensión ("stay of removal").

"[La extensión] expira en agosto cuando, según tengo entendido, el señor Rojas tendrá que pedir otra extensión", dijo un portavoz de Nelson a El Sentinel. "Hasta la fecha, no nos ha contactado para que le ayudemos o apoyemos".

El padre de familia deberá comparecer ante el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) ese mes para ver si podrá permanecer en el país donde se criaron sus hijos y donde ha vivido por más de una década.

"Mi mayor temor es lo que pasará ese día; si me van a dar otra fecha o me van a detener", dijo Rojas en una entrevista en su hogar de Miramar, junto a su esposa Liliana y sus hijos.

El sueño

Los Rojas llegaron a Estados Unidos en 2000 cuando el padre perdió su trabajo en Argentina y se mudó a Florida, donde trabajaba como "handyman" en una escuela y a donde decidió traer a su familia para hacer aquí su vida.

Para permanecer legalmente en el país contaban con la ayuda del pastor de la iglesia a donde la familia asistía, quien se comprometió a conseguirles la residencia a través de una ley que protege a inmigrantes que entraron al país legalmente y que tienen un trabajo fijo.

El pastor presentó una petición laboral a nombre de Claudio, y la abogada de inmigración Karlene Punancy, con oficina en Coral Gables, comenzaría el proceso que daría estatus legal a los Rojas.

La familia esperó años por los documentos, ya que habían escuchado que tomaban bastante tiempo para ser procesados. Pero cuando Claudio y Emiliano fueron detenidos por ICE en 2010 —luego de que el joven manejara accidentalmente al puesto de verificación de identidad de Port Everglades— supieron que la abogada no había resuelto su situación y que ambos serían transferidos al centro de detención en Deerfield Beach.

"Nos quedamos solos mamá y yo", dijo David, el hijo menor. "Tenía que recortar el césped y ayudar bastante en la casa".

Claudio y Emiliano fueron liberados bajo fianza. Aunque el caso de Emiliano fue desestimado, el padre recibió una fecha de partida y, luego de que la ignorara, fue detenido por agentes de ICE nuevamente en 2012, esta vez en su hogar y frente a Liliana y David.

"Todo sucedió muy rápido", había dicho David a El Sentinel el año pasado, cuando su padre estaba tras las rejas. "No supe qué decir. Se lo llevaron delante de mí y no dije una palabra. Ahora pienso en las cosas que pude haber hecho".

Liliana dice que quedó tranquila esta segunda vez, y que llevó a David a la escuela ese día y fue a su trabajo.

"La primera vez estaba siempre preocupada de que vinieran por mí y nuestro otro hijo", dijo. "Pero vivir así tampoco es bueno".